Escuchar a los niños migrantes es un acto transformador. Sus dibujos y relatos revelan lo que no siempre pueden decir con palabras: la necesidad de pertenecer, de ser vistos y de encontrar un lugar propio luego de migrar
. ¿Qué cabe en una maleta cuando un niño debe migrar? ¿Qué se lleva consigo cuando su mundo cambia sin previo aviso, sin explicaciones, sin despedidas? Para muchos adultos, las cifras y políticas de migración dominan la conversación, pero en el fondo del fenómeno migratorio hay otras historias más silenciosas y profundas: las de los niños. El libro “El niño maleta” es una propuesta necesaria y poderosa para reflexionar sobre la experiencia migratoria desde una perspectiva que rara vez se explora: la mirada infantil.
Creado por las graduadas de Licenciatura Infantil del Politécnico Grancolombiano: Luz Ángela Bustos y Alba Yaneth Álvarez, este libro nace de una pregunta urgente: ¿cómo viven los niños la experiencia de migrar cuando no tienen voz ni voto en la decisión? La respuesta no se encuentra en cifras ni en tratados, sino en dibujos, frases sueltas, silencios y emociones profundas.
“Muchos niños migran sin saber por qué, sin poder decidir. Se les lleva como a una maleta, sin preguntar, sin explicar. Así nació la metáfora”, explica Ángela Bustos. Y es precisamente esa imagen (la del niño convertido en equipaje) la que da forma a una obra que conmueve por su honestidad y sencillez.

La infancia al migrar: una voz silenciada
En Colombia y en gran parte de América Latina, la migración, ya sea por desplazamiento interno, crisis económicas o conflictos armados, ha dejado una huella profunda en millones de familias. Sin embargo, el impacto emocional que esto tiene en la niñez sigue siendo una conversación pendiente.
El libro “El niño maleta” abre esa conversación con sensibilidad y profundidad. No desde el dramatismo, sino desde la posibilidad de comprender y resignificar. Es un libro que no habla de fronteras ni de políticas, sino de emociones: del miedo a lo desconocido, de la nostalgia por lo que se deja atrás, de la esperanza que se reconstruye paso a paso.
Porque muchos niños migrantes son llevados de un lugar a otro con la promesa constante de que “allí estaremos mejor”, pero ese “mejor” nunca llega del todo. Cada nuevo destino trae consigo nuevas pérdidas: amigos que no se pueden despedir, juguetes que desaparecen, idiomas que no se entienden, escuelas que no los aceptan.
Según organismos internacionales, más de 43 millones de niños en el mundo han sido desplazados de sus hogares. Pero mientras los adultos discuten sobre rutas y documentos, los niños se hacen preguntas más simples y más dolorosas: ¿por qué ya no vamos a mi escuela?, ¿qué pasó con mis amigos?, ¿por qué no me dejaron despedirme?
Uno de los hallazgos más conmovedores del libro es cómo logra mostrar la migración como una experiencia de repetición y espera. El niño no solo cambia de lugar, cambia de identidad, de entorno, de afectos. Y cada vez que empieza a adaptarse, debe volver a empacar (literal y emocionalmente) para partir de nuevo.
La frase “duerme con la ropa puesta” se convierte en un símbolo de esa inestabilidad constante, de esa infancia vivida en tránsito.
El relato también revela cómo el desarraigo no solo afecta al niño, sino también a su madre, quien carga con la responsabilidad de buscar ese lugar prometido.
Aunque el niño a migrar encuentra momentos de alegría (como cuando conoce a sus abuelos o juega con otras “maletas”), la sensación de provisionalidad nunca desaparece. Incluso en los espacios donde parece haber calma, la promesa de un nuevo viaje siempre está latente.

Un recurso para sanar y construir
El niño maleta no es solo un libro ilustrado. Es una herramienta pedagógica, un espacio simbólico y una invitación a escuchar, escuchar de verdad, a crear entornos donde los niños puedan narrar su historia, construir memoria y sentirse parte de algo que los acoge.
Una de las apuestas más sensibles del libro es que no se limita a la palabra escrita. Las ilustraciones que lo componen fueron hechas por los propios niños participantes en los talleres. Sus dibujos, a veces simples y otras veces crudos, transmiten lo que muchas veces no logran poner en palabras.
Allí aparecen trenes, casas partidas, mochilas abandonadas, padres tristes, juegos incompletos. Pero también hay nuevos amigos, caminos abiertos, reconstrucciones posibles. La imagen se convierte en lenguaje emocional, y el libro se transforma en un espacio simbólico para sanar.
“En una sociedad como la nuestra, donde la migración ha dejado de ser una excepción para convertirse en una experiencia común, escuchar a los niños se vuelve un acto transformador”, afirman las autoras.
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