Arquitectura inclusiva: espacios pensados para todas las etapas de la vida

Una vivienda, ya sea unifamiliar o multifamiliar, no debería diseñarse únicamente pensando en las condiciones físicas de una persona joven y asumir que estas permanecerán constantes durante toda su vida.

Por el contrario, debe incorporar criterios de versatilidad, flexibilidad, adaptabilidad, accesibilidad universal y seguridad para el desplazamiento, tanto horizontal como vertical, dentro y fuera de la vivienda.

“El diseño debe partir del programa arquitectónico y de los diferentes requerimientos del usuario, incluyendo el factor bioclimático, de manera que la vivienda sea confortable y cuente con atributos que la hagan amigable para quienes la habitan”, así lo explicó Guillermo Alfonso Pachón Ramírez, director del Programa Arquitectura de la UNIAGUSTINIANA.

La adaptación también debe reflejarse en los espacios de uso cotidiano. Baños con dimensiones adecuadas para personas con diversidad funcional, puertas que faciliten el acceso y cocinas diseñadas bajo criterios de ergonomía y de acuerdo con las medidas de quienes las utilizan pueden hacer que una vivienda sea más accesible y funcional.

Barreras arquitectónicas que limitan la autonomía de las personas mayores

En las viviendas, algunas de las dificultades más comunes están en elementos que hacen parte de la vida cotidiana: escaleras, baños, cocinas y habitaciones que no siempre tienen las condiciones necesarias para facilitar el desplazamiento y el uso de los espacios por parte de las personas mayores.

En los edificios también pueden encontrarse barreras en las escaleras, los ascensores, las rampas y los espacios de atención al público. Cuando estos lugares no están pensados para diferentes necesidades, algo tan sencillo como entrar, desplazarse o utilizar un servicio puede convertirse en una dificultad. Esta situación puede presentarse en teatros, cines, auditorios, espacios culturales y centros religiosos, entre otros.

En las calles, los problemas pueden ser todavía más evidentes. Andenes con pendientes pronunciadas, interrupciones en el recorrido, huecos, desniveles o infraestructura deteriorada pueden dificultar el desplazamiento y hacer que algunas personas necesiten ayuda para movilizarse. En el caso de quienes utilizan silla de ruedas, por ejemplo, la falta de continuidad de los andenes puede obligarlos a desplazarse por la vía, compartiendo el espacio con los vehículos.

A juicio de Guillermo Alfonso Pachón Ramírez, director del Programa Arquitectura de la UNIAGUSTINIANA, “también hay obstáculos que pueden pasar desapercibidos para buena parte de la población. Las guías instaladas en los andenes para ayudar a las personas con baja visión pueden perder su función cuando están mal ubicadas o se encuentran con postes y cajas de servicios. En otros casos, el tipo de piso utilizado puede aumentar el riesgo de resbalones y caídas”.

Estas situaciones muestran que la accesibilidad no se limita a construir rampas o instalar determinados elementos. También tiene que ver con que una persona pueda entrar, desplazarse y utilizar un espacio con seguridad y autonomía, sin encontrar obstáculos que para otros pueden pasar inadvertidos.

Pequeños detalles que pueden hacer la diferencia en seguridad y autonomía

Hay elementos que pueden pasar desapercibidos para quienes recorren un lugar todos los días, pero que pueden convertirse en obstáculos importantes para las personas mayores o para quienes utilizan silla de ruedas.

Una rampa con una inclinación superior al 10 % puede hacer que una persona en silla de ruedas necesite ayuda para poder desplazarse. Algo similar ocurre con los cambios de nivel: para una persona mayor, encontrarse con un andén que está más de 18 centímetros por encima o por debajo de otro puede representar una dificultad importante y aumentar el riesgo de una caída o una fractura de tobillo.

Incluso un desnivel de apenas medio centímetro puede provocar un tropiezo y hacer que un adulto mayor pierda el equilibrio.

“Son detalles que pueden parecer menores en el diseño o la construcción de un espacio, pero que tienen un impacto directo en la seguridad y en la posibilidad de que las personas se desplacen de manera autónoma”, comentó Guillermo Alfonso Pachón Ramírez, director del Programa Arquitectura de la UNIAGUSTINIANA.

Transformar lo existente: ciudades y viviendas que se adapten al envejecimiento

La transformación de las ciudades y las viviendas debe responder a las actividades sociales y a las características de las poblaciones que las habitan.

Para Guillermo Alfonso Pachón Ramírez, director del Programa Arquitectura de la UNIAGUSTINIANA, “en el espacio público, es necesario mejorar la infraestructura de vías y andenes para garantizar una adecuada circulación, evitando cambios de nivel exagerados o discontinuos”.

También es importante contar con señalética que facilite la orientación de la población dentro de la ciudad. En las construcciones, el diseño debe considerar la posibilidad de adaptarse a diferentes cambios futuros.

Por lo que, no necesariamente este tipo de transformaciones requieren demoler las construcciones. También pueden realizarse reestructuraciones en las que el espacio público tenga un papel central como sala urbana, con elementos como sillas urbanas, canecas de basura, arborización e iluminación baja y alta.

En este sentido, la cartilla de espacio público puede desempeñar un papel importante en las ciudades colombianas y extranjeras.

Una arquitectura pensada para todas las etapas de la vida

Hablar de arquitectura para el envejecimiento implica, en realidad, hablar de espacios pensados para todas las etapas de la vida.

Tanto una vivienda como una ciudad deben considerar que las condiciones y necesidades de las personas pueden cambiar con el tiempo y que esas transformaciones deberían estar contempladas desde el diseño.

“En Colombia todavía existen situaciones cotidianas que pueden convertirse en barreras para las personas mayores: un andén deteriorado, una escalera sin pasamanos, una puerta estrecha o que abre en un sentido poco práctico, un baño en el que resulta difícil moverse o un transporte público que no responde a las necesidades de estos usuarios”, mencionó Guillermo Alfonso Pachón Ramírez, director del Programa Arquitectura de la UNIAGUSTINIANA.

A estas dificultades se suman otras que tienen que ver con la forma en que las personas interactúan con el entorno, como no brindar ayuda a quien la necesita para cruzar una cebra peatonal.

También están las barreras de infraestructura, como los puentes peatonales sin ascensor. Situaciones que pueden parecer menores terminan teniendo un impacto importante en la posibilidad de desplazarse y participar en la ciudad con autonomía y seguridad.

En este sentido, envejecer con autonomía también depende de los espacios que habitamos. Por eso, pensar en viviendas y ciudades más accesibles no significa únicamente hacer grandes obras, sino revisar aquellas condiciones cotidianas que pueden facilitar o dificultar la vida de las personas a medida que pasan los años.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *